miércoles, 26 de enero de 2011

Revelaciones en Kinesiologia I - Dumbo y los alquimistas

A veces pienso que hago con este cuerpo, y me pregunto si puedo cambiarlo por alguno mejor hecho, o con mayor consistencia, o aunque sea uno que tenga ligamentos de titanio para que no se le anden rompiendo por ahí.
Pero en vano pierdo el tiempo, ya que hasta la próxima vida, espero pronto, no voy a cambiar esta carcaza peluda y de piel beige.
De este sufrimiento corpóreo es que tengo la desgracia de visitar una pseudo ciencia para recuperar mi rodilla y volver a caminar con normalidad, es decir, poco y chueco. Dentro de los experimentos a los cuales soy sometido a diario, hay uno que particularmente me ha llamado la atención, y se llama magnetoterapia.
Me hacen meter la rodilla en un tubo de plástico y tengo que esperar 30 minutos a que ese aparato haga efecto, efecto que no es perceptible, ni visible, ni nada. Esta invisibilización del efecto me llevó a pensar en la ciencia y en todas sus habladurías sobre la inexistencia de aquello que no se puede probar, y volvió a mi mente ese debate que hemos perdido, entre ciencia y magia.
Debate que ganó el positivismo, utilizando la alquimia como principal método para destruir a la magia y dejársela a ilusionistas de medio pelo. La ciencia utilizó todos los avances de la alquimia para generar la revolución científica del siglo XIX.
Como todos hemos aprendido en el jardín, la alquimia es una protociencia que desde hace siglos está buscando descubrir los secretos de la naturaleza y su relación con el ser humano. Nadie va a venir a discutir la verdad de los preceptos de la alquimia, ni los científicos, ni los filósofos, ni los vendedores de diarios mojados, ya que desde tiempos inmemoriales a dirigido los caminos del tiempo y del espacio. 
Alguien me dirá con socarrona soberbia,  que en el siglo XXI y producto de esos mentirosos llamados científicos positivistas, la alquimia ha desaparecido y sólo podemos encontrarlas en pequeños rituales, más turísticos que espirituales, más pecuniarios que filosóficos.
Aún así, cuando es claro el poder de los inventores de mentiras, la alquimia encuentra resquicios dentro del propio positivismo, esperando el momento para derribar el oscurantismo de la ciencia y recuperar la senda de Hermes Trimegisto, legendario alquimista greco–egipcio que murió inmolado en su propia sabiduría.   
Pero ¿por qué la ciencia se empeña en darnos explicaciones inentendibles de todo, por qué se afana en darnos una tabla periódica, una ley de la gravedad, una ley de mercado y una ley del off side? La respuesta es simple, el saber, el conocimiento es poder. Ya lo sabían los egipcios cuando atesoraron por siglos el secreto de la subida del Nilo. Por poder nos mienten, y nos dicen que la tierra es redonda, que gira alrededor del sol, que si tirás dos cosas de diferente peso desde la misma altura y en el vacío van a caer en el mismo momento. ¿Que pasaría si mañana se hace público el secreto de que la tierra es plana, que es el centro del universo y que una plomada llega antes al suelo que una pluma?
El mundo se daría vuelta, y las grandes empresas nos reconocerían que el microondas no es tecnología, sino una invención del diablo para calentar las aguas del infierno, que en la radio y en la televisión hay pequeños y diminutos personajes que esclavizados trasmiten día y noche, que los mensajes de textos son transportados por hadas madrina,
que en la pelota hay un conejo y que la ley del off side es mentira, y es una excusa para darle trabajo a los jueces de línea.
Sigamos explotando estos resquicios y grietas del sistema métrico decimal y volvamos a creer que Dumbo no es un dibujo animado, sino que es aquel elefante que sostiene la tierra y que se tomó un descanso para salir en pantalla grande.

sábado, 8 de enero de 2011

La magia del pasaporte

Me acaba de llegar mi primer pasaporte. Este papelito mágico, mítico y misterioso que te permite circular libremente por todo el mundo. Y por si su magia no hubiese pasado ya oralmente  de generación en generación, en su primera hoja y a forma de ritual sagrado aclara:

“En nombre del Gobierno de la República Argentina , la autoridad que expide el siguiente pasaporte, ruega y solicita a todos aquellos a quienes pueda concernir, dejen pasar libremente a su titular y prestarle la asistencia y protección necesaria”

Estas palabras mágicas que dan libertad para circular y al mismo tiempo protección en todo el mundo no se acaba sólo con el idioma español sino que es al mismo tiempo el primer conjuro de validez universal ya que puede ser recitado en distintos idiomas.
El abracadabra del libre intercambio de personas a lo largo del mundo, es decir este papel negro que dice pasaporte, ha ido perdiendo a lo largo de los años su efecto y distintos brujos de la magia negra han ido han ido encontrando el antídoto para la libre circulación de personas.
Antes con sólo decir esas palabras uno hipnotizaba a todo el personal de inmigración y podía adentrarse en los países exóticos sin mayores riesgos. Con el tiempo, y al igual que las moscas con el raid, fly, etc, las fronteras fueron mejorando su protección y se fueron inmunizando ante la hechizo del pasaporte. Brujos disfrazados de políticos descubrieron que no era tan saludable la libre circulación de personas y alquimísticamente perfeccionaron sus conjuros, a tal punto que es más fácil introducir 1000 kilos de drogas en los Estados Unidos a que ingrese un latinoamericano de manera legal.
Con patas de conejos, con pelos de  murciélagos, ojos de ranas y piel de inmigrantes, los países quemadores de brujas lograron no sólo inmunizar sus fronteras ante el conjuro del pasaporte ajeno sino que perfeccionaron sus propios pasaportes. No es lo mismo la magia del pasaporte americano, que la del haitiano, y no es lo mismo la magia del europeo que la magia del indú. Seguramente antes de arriesgarse a quemar una bruja les quitaron los secretos de sus hechizos para mitigar el riesgo y mejorar su propia magia.
El pasaporte otrora mítico perdió su efecto. Ni  el abracadabra, ni el abretesésamo de las fronteras sirve y habrá que inscribirnos nuevamente en las escuelas de brujas para aprender el nuevo conjuro de la visa, que no es una tarjeta de plástico pero que es casi lo mismo.                

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Arroba


El lenguaje nos sirve para ordenar el caos reinante delante de nuestros ojos, y no sólo eso, sino que todo aquello que no puede nombrarse no existe. Me animo a decir, que el lenguaje es un ente superior a la realidad misma, ya que por un lado elimina lo innombrable como “real” y coloca figuras susceptibles de lenguaje como reales. El número 4 no tiene materialidad pero existe a través de nuestro lenguaje, lo mismo ocurre con Dios.
La capacidad de ser “real” se la da el lenguaje, y no otra cosa.
Pasado millones de hojas de investigación de largo, esto nos lleva a tirar una idea que dice, que en cierto modo, la realidad es construida por el lenguaje y por sus usos.
Ahora bien, esta construcción no es individual, sino que es una construcción de los poderosos, aquellos que sostienen el poder simbólico para otorgarles significados a las palabras. Aquel que puede decir que “Hacer Patria” es defender la nación contra la subversión, o aquel que dice que “Hacer Patria” es sembrar soja, o aquel que dice que “Hacer Patria” es una pelotudez.
Quien tiene el poder simbólico es quien puede darle significado a las palabras, darles sentido, y en última instancia ordenar y explicar la realidad.
Desde hace siglos, por no decir desde toda la historia de la humanidad, salvo contados ejemplos, el poder y lo poderoso siempre fue asociado directamente a una cuestión de género. El poderoso, el que tiene el control de lo público ha sido el hombre y quizás esta sea la razón de porqué el lenguaje, por lo menos hablo del castellano, sea “machista”. Es decir que el castellano está ordenado estructural y semánticamente a partir de variables masculinas, que terminan por explicar la realidad.
Desde nuestros mismos procesos de comunicación, de nuestro uso del lenguaje, partimos de una concepción del mundo víctima de la desigualdad de género.
Esto llevo a que desde el mismo inicio de los movimientos feministas el reclamo por uso del lenguaje y su modificación aparezca como una bandera de estos movimientos. Nunca se ha tenido éxito al respecto, hasta llegado el siglo XXI.
En algún momento a alguien se le ocurrió inteligentemente modificar las terminaciones masculinas o femeninas (los/las… etc… NO ENTIENDO NADA DE GRAMÁTICA) y utilizar algo más cercano a lo que seria la igualdad de género. Es decir un mix, entre los femenino y lo masculino. Y apareció el Arroba @.
Lo que ocurrió es que los/las empezaron a ser l@s.
La arroba es una forma de medida de peso que viene de los árabes y que ha sido, y sigue siendo usada en los intercambios comerciales. Así que tiene un origen y una actualidad vinculada fuertemente el mercado.
Esto en cuanto a su utilización práctica, pero en cuanto a lo que representa como símbolo, el arroba es en realidad la máxima expresión de la globalización y del imperialismo cultural que tiende a la homogenización de las diferencias culturales y a la destrucción de las individualidades. El Arroba es el símbolo del siglo XXI.
La globalización es un proceso de dominación y apropiación del mundo. La dominación
de estados y mercados, de sociedades y pueblos, se ejerce en términos político- militares, financiero-tecnológicos y socio-culturales. La globalización intenta lograr que todos seamos iguales, y no necesariamente buenos, sino que burgueses adaptados a una vida burguesa.
Homogeneizados en cuanto a los gustos musicales, alimenticios, de vestimenta, homogeneizados en las maneras de hablar, de expresar y de pensar. En estos momentos no piensa muy diferente un adolescente acomodado de Sanhgai que un hijo de obrero inglés, o que el hijo de un remisero en Tandil. Esta estandarización conlleva la destrucción de las culturas autóctonas y ni hablemos de los efectos económicos de la globalización.
Ahora bien y yendo a las cuestiones más prácticas, el arroba impide ser leído en voz alta sin incurrir en tremendos yerros e interminables arrobas.
El arroba, al impedir ser leído en voz alta, es una forma más de la privatización del lenguaje y forma parte del individualismo más acérrimo, ya que reduce la lectura a un acto individual, secreto y privado, evitando la solidaridad propia del lenguaje y destruyendo en sí misma la tradición oral de nuestro discurso.
Me pregunto luego de pensar lo que realmente significa el arroba si es correcto usarlo como modo de crear un idioma no –sexista. Y sí, la verdad que con el arroba el idioma mejora un poco en ese aspecto, pero detrás del arroba, está la destrucción de la individualidad y de la cultura. Entonces vuelvo a preguntarme ¿Está bien usar el arroba como forma para crear un idioma no-sexista si detrás de ese símbolo se encuentran reflejadas todas las calamidades del siglo XXI?
MMMMMMMMMMM… me parece un tremendo error. No discuto de ningún modo la necesidad de modificar la estructura del lenguaje y sus usos, pero de ningún modo puedo aceptar el arroba como forma de reemplazo. Por ser mercantilista, por ser el símbolo de la globalización y por destruir la tradición oral, me niego a usarlo.

lunes, 1 de marzo de 2010

Hay que llamar a Botnia, para que mate el agua


Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar.
Hay que llamar al lobo, para que saque a la chiva
Hay que llamar al lobo, para que saque a la chiva
Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar.
Hay que llamar al palo, para que le pegue al lobo
Hay que llamar al palo, para que le pegue al lobo
Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar.
Hay que llamar al fuego, para que queme el palo
Hay que llamar al fuego, para que queme el palo
Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar
Hay que llamar al agua, para que apague el fuego
Hay que llamar al agua, para que apague el fuego
Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar
Hay que llamar BOTNIA, para que mate el agua
Hay que llamar BOTNIA, para que mate el agua
Sal de ahí chivita, chivita, sal de ahí de ese lugar

lunes, 22 de febrero de 2010

Un oscar argentino


La ola de inseguridad que está viviendo nuestro país ha generado la pronta reacción de los avispados de siempre. Un boom de instalación de cámaras de seguridad con el fin de evitar los robos, o mejor dicho para ver claramente quienes son los que le roban, se ha producido en los barrios más pro de la ciudad.
Ya es sabida la profunda aspiración del argentino promedio por el cine y esto ha generado que las cámaras ya no se coloquen en los lugares habituales. Desechando las propuestas cinematográficas clásicas de la industria hollywoodense y apelando al cine de autor las cámaras comenzaron a instalarse en los lugares más impensados para lograr una imagen del ladrón completamente artística.
Ante esta nueva moda cinéfila casera, o mejor dicho, “caserita”, los ladrones ni lerdos ni perezosos han puesto en marcha una seria de amparos para evitar que se instalen nuevas cámaras. La justificación, muy lógica, dice que las cámaras invaden la privacidad de los ladrones mientras realizan su trabajo y seria una forma más de explotación que el capital ejerce con los trabajadores, y que en caso no revertirse la situación están dispuestos a ir a la huelga y hasta armar movilizaciones por el centro de la ciudad.
La negociación empezó hace algunos días y como muestra de buena voluntad La Cámara Argentina de las Cámaras comenzó a colocar en sus cámaras carteles señalizadores del tipo “No se cruce que estamos filmando”, o “Dese vuelta que el perfil no lo favorece” o hasta el inusual “Esto no es una casting, no se haga el artista”.
A esta altura del conflicto esta medida parece irrisoria, ya que los ladrones están decididos a todo, “no tenemos nada que perder” dijo uno, mientras sostenía del cuello a un rehén apuntándolo con un revolver.
Los ladrones han conseguido el apoyo del sindicato de actores y extras que se solidarizaron con aquellos que aparecen filmados alegando que el mínimo por aparecer en cámara es de $140, y el bolo, hablarle a la cámara es de $600. Hasta algunos actores cambiaron su rubro y se dedicaron a convertirse en ladrones, o mejor dicho, algunos actores siguen robando, pero ahora casas.
Ante las críticas que recibió el estado nacional y sin comprender nada de lo que sucede, como habitualmente pasa, ya dispuso la posibilidad de otorgar subsidios del INCAA para aquellos que necesiten producir algún robo. Esta consigna no muy explicitada, conllevo a que tanto productores como ladrones se juntaran en las colas del Instituto Nacional para conseguir los subsidios. De muy lejos todos parecen ladrones, pero cuando uno se acerca se da cuenta de que están aquellos que amenazan con armas, que estafan y que utilizan cualquier medio para robar y para evadir impuestos, y están aquellos a los que simplemente se denominan “ladrones comunes”.
Insólito lo que le sucedió a uno de nuestros cronistas que al ir a al hogar de unos de los instaladores de cámaras y al abrir la tapa del inodoro se encontró con un cartel que decía “Sonría lo estamos filmando”, generando una irreparable duda sobre con que realmente sonreír.
Incierto será el destino de nuestra privacidad y la de los ladrones si siguen instalándose cámaras, pero lo que es seguro es que continúa en crecimiento la industria cinematográfica nacional.

Una de confites


El otro día, más precisamente ayer, le dije a mi vieja que tenía un cumple y que iba a salir. Y ella tranquilamente me respondió: “¿A qué confitería vas?”. Completamente obnubilado le dije: “¿Qué confitería má?... vamos a bailar, vamos a un boliche, en la confitería venden confites”. Ella, reconociendo en sus ojos y en su gesto lo anticuado del eslogan me dijo: “Bueno… eso… nosotros le decíamos así.”
Pegué un portazo y me fui, no quería que me contara por trigésima novena vez la historia de cómo conoció a mi viejo.
Llegué al boliche y no paré de lamentarme el desprecio hacia mi vieja. Tantas pastillas me ofrecieron que realmente parecía una confitería.

lunes, 15 de febrero de 2010

El hombre de la cámara




“Para los espectadores: este film representa un experimento en la comunicación cinematográfica de los eventos visibles. Sin la utilización de intertítulos (una película sin intertítulos); sin la utilización de un escenario (una película sin escenario); sin la utilización de las artes teatrales (una película sin sets, actores, etc.). Este experimento aspira a crear un verdadero lenguaje cinematográfico internacional basado en la total separación del lenguaje teatral y literario”
Autor y supervisor del experimento Dziga Vertov

Suele ocurrir que el sistema de medios de comunicación masivos y el mercado cinematográfico, movilizado por la publicidad, nos anticipa que tipo de película vamos a ver. Uno sabe o bien mirando el trailer, o bien conociendo a los actores, o desde el mismo nombre del film que tipo de película va a presenciar en el cine. Nadie espera que ni Arnold Alois Schwarzenegger haga un drama ni que David Linch sea director de una comedia picaresca. Más allá de que no lo hagan porque no está en sus características personales ni en sus afinidades, nosotros lo sabemos porque estamos imbuidos en un sistema global, que tiende a anticiparnos lo que vamos a ver para que vayamos predispuestos con cierta actitud para no frustrarnos ante la realidad vista en la pantalla.
Ahora bien, este “anticipo” no es ingenuo ni gratuito, sino que es una captura de espectadores que desde hace unos cuantos años asiste al cine a ver más o menos lo mismo, y que al mismo tiempo ya tiene una idea preconcebida de lo que va a mirar. El ver una película que uno ya esperaba genera una comodidad en el espectador, esa comodidad del entretenimiento por entretener, por el simple hecho de perder el tiempo y al mismo tiempo de sentirse en otra realidad..
Pensemos la realidad de la Unión Soviética a finales de la década el 20´ instalada la revolución, con un Lenin recién muerto y con un Stalin que comenzaba con su periplo totalitario. El mercado cinematográfico era utilizado fundamentalmente para mostrar propaganda oficial y esta idea de espectadores “anticipados” no existía ya que el cine todavía seguía siendo una novedad para las masas de obreros y campesinos que iban al cine.
Dziga Vertov decide anticipar a nuestro espectadores desde el mismo momento en que llegan a la sala y les aclara que lo que van a ver no es una película normal, no tiene un argumento, no tiene actores y no se parece a nada de lo que hayan visto jamás, es un verdadero experimento. Mostrarnos la realidad de San Petersburgo durante todo un día es simplemente una excusa para mostrarnos un universo nuevo a través de un documental.
La película llamada “El hombre de la cámara” fue estrenada en el año 1929 y filmada durante el año anterior, donde se muestran un sinfín de imágenes de San Petersburgo de la vida cotidiana de una ciudad que mezclaba aún el progreso de la máquina y las costumbres tradicionales rusas. La mayoría son tomas callejeras pero también del trabajo y vida doméstica, unidas en una zaga donde la ciudad moderna y la cámara del cine comparten los papeles protagonistas. La movilidad y la velocidad son las claves que configuran un film impregnado del futurismo y del constructivismo de la década del 20´ mostrando como la cámara y el progreso se imponen como una nueva forma de vida.
La película, a grandes rasgos, aparecería como el seguimiento durante todo un día de un camarógrafo que tiene que registrar imágenes de la vida cotidiana de San Petersburgo. En este sentido tenemos la lógica de dos momentos, por un lado el trabajo del “camarógrafo personaje” y por otro el “camarógrafo director” que todo el tiempo están jugando entre sí, porque a veces vemos a través del ojo del “camarógrafo director” lo que el “camarógrafo personaje” filma y a veces vemos directamente lo que él mismo estaba filmando.
El mismo inicio del film nos lo dice cuando el “director personaje” con su cámara en mano está trepando una cámara gigante, coloca el trípode encima de ella y se pone a filmar.
Esta lógica de dos cámaras mostrando un mismo hecho que se repite a lo largo de todo el film no tiene como correlato la idea de dos ojos distintos mirando lo mismo, sino que el efecto final es la de un solo ojo que nos muestra cosas diferentes, que nos muestra por un lado la vida cotidiana y “real” de San Petersburgo, pero que sobre todo, nos muestra cómo a través de una película podemos mostrar sentimientos y cómo podemos afectar dramáticamente al espectador a sabiendas de lo que se está viendo es una construcción absoluta y nada de lo que pasa ahí es real.
Si viésemos simplemente con el ojo del “director personaje”, estaríamos hablando de un documental realista que muestra lo que ve, pero al agregar al “camarógrafo director” vemos también cómo mostrar esa realidad y como hacer que el espectador se pregunte así mismo como hacer para mostrarla.